Astete
Rubén fue mi primer amigo del liceo,
lo recuerdo noble, carismático,
con una sonrisa dura y un porte mejor que el de cualquiera,
no recuerdo si él me habló primero
o yo a él,
solo recuerdo las puertas de vidrio abiertas,
dejando pasar la luz de los toboganes y los columpios
mezclado con una capa de partículas de polvo,
y él parado en medio,
dejándose enmarcar por el sol.
–El recreo es la mejor hora del día.
El timbre sonaba desde antes de sonar,
y yo gritaba por dentro –Fuego, fuego, planetas, fuego,
policias y ladrones–.
Los demás niños se paraban de sus asientos y corrían
como una parvada de colores de los cielos más remotos y artificiales
Desplegaban sus alas con sus manos extendidas hacia la espalda,
lanzaban sus cuerpos inocentes en ese inmenso tubo amarillo,
que escondía las leyendas de los piratas,
se empujaban los tobillos y los hombros y llenaban de tierra sus bolsillos,
–Puag–, decían, –te voy a acusar con la mis Pati–, decían sollozos.
Y yo observaba desde una colchoneta el suicidio de Rubén,
en una estructura de madera un poco alta, como él,
–¡adiós mundo cruel!– gritaba crédulo. Y lo miraba esperando ver un suicidio
irreal a mis ojos y al mundo, pero real en cualquiera de los demás sentidos.
Y luego me tocaba a mí, y a los demás,
formábamos una cola como de larva y nos cogíamos de los hombros
para no perdernos en el tiempo,
el timbre volvía a sonar antes de que lo hiciera,
y en mi cabeza gritaba –el odio y la vida y el amor y el placer,
¡el placer nunca muere! ¡es infinito!–.
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