Cada vez que se mete mi mano curiosa por debajo de una Moleskine
y desliza con prisa lenta una hoja muerta;
cada vez que mi brazo se vuelca sobre la mesa y
coge un bolígrafo Lux 034;
cada vez que mis dedos presionan la punta del lapicero contra el papel
y me ruega piedad gimiendo en silencio;
cada vez que mi zurda patina en ondas cortas para
intentar escribir una palabra que me deje describirla
o describir el mundo que me rodea;
cada vez que escucho el fragor de las voces de los tiempos pasados y futuros,
dictándome profecías o aplicándome inyecciones de moral;
cada vez que las palabras, duras, tiernas, puras, ebrias; se mezclan como vértebras
y forman columnas dislocadas en forma de versos;
cada vez que sucede, me confieso. Me confieso a Dios, a las estrellas,
a las mañanas. Me confieso a las praderas, a la naturaleza,
a la abundancia de las obras, me confieso desnudo, vivo, humano,
me confieso en silencio,
solo me confieso.
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