viernes, 25 de diciembre de 2015

beauteous


beauteous

En el linde lejano de una aurora cósmica, donde el musgo escarlata de las colinas siderales se balancean a contra viento.

En la penúltima hora de una estrella agónica, expirante, sepultándose de luz enfundada, reflectando átomos iracundos, desmedidos. 

En el flexo violento de un agujero suntuoso y fascinante, dicha de la proyección de la humanidad inalcanzable.

En el preciso instante de la detonación tiranezca, habremos alcanzado nuestra más grande conciliación. El polvo consumado se hará piel y la conciencia viva renacerá en incandescencia ¡oh destellos del medio día de la creación de los prados y las acrópolis!, ¡oh seres de la divina comedia y de los condados nobiliarios!, bendito el bien derramado sobre el mal de las aspiraciones del espacio inalcanzable.


¡Benditos los cosmos de luz caótica! ¡Bendecidos por la navidad del sol saliente de diciembre! Veo la continuación del tiempo en el cielo negro ardiente. Es un regalo hermoso. 

martes, 15 de diciembre de 2015

Martes

El sabor del aire es tan profundo que da miedo y congela cualquier paso de vida microbiana; sin embargo, ese halo de nostalgia y polvo congelado que robaste a los demás planetas, se asoma como una ternura de incendio por mi ventana, está eternamente agradecido por cubrir tu recuerdo desnudo, frío y furioso.

domingo, 13 de diciembre de 2015

L'aupaire. Una explicación a los tics.

He comenzado a temblar, de pronto.

Primero mi cabeza, luego mi cuello, luego mis pies y mi estómago.

Giro mi cabeza y doblo mi cuello en diagonal para verter el líquido que le da equilibrio a mi  

cuerpo. Pero nada. Estoy doblado y tiemblo.

Me urge un poco de sensaciones nuevas. Sensaciones tibias. 

Enderezo mi cuerpo para ver qué pasa. Pero se mueve solo, de nuevo.

Veo la caja de relejantes musculares cerrarse. No alcanzo a tomar una porque no me

alcanza el tiempo. 

Mi espalda se dobla y mi cuello se endereza. Da pereza echarse a la cama y 

fingir que se puede dormir contento y despreocupado.

Hay alarmas en cada esquina de mi cuerpo. Alarmas con sonidos endiosados, otras no. 

Algunas noches todas suenan simultáneamente. Comienza con un sonido agudo y 

placentero,

luego incrementa y resuena por cada una de las cavidades, luego se unen a las demás 

alarmas y todas

crean un concierto en vivo. Como sea, mantienen mis ojos abiertos y secos.

Las alarmas no se han hecho para despertarnos, sino para mantenernos alertas de algo.

Y ese algo puede ser una maldición, porque puede estar siempre ahí. Observando lo que 

hacemos, lo que comemos, lo que pagamos en el banco.

Ese algo me hace temblar. Me reincorporo sobre la silla. Uno. Dos. Tres conejos. Suelto las 


manos. Sigo temblando. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Té de noche

Estoy tomando un té frío
que eructa burbujas por sus
contornos,
tiembla cada vez que mi pierna
se mueve sin control,
las burbujas se mezclan
en grupos de  tres hasta cinco,
es como ver de lejos mi primer
día de nido.
Todos esos niños corriendo
en busca de sus pares
y yo en una esquina temblando
moviendo mi pie tristemente 
para ocultar el vacío en el
estómago que producen los
nervios, ahora sé porque 
toda mi vida está
marcada por aquellos
nervios
desagradables.

Las burbujas se separan
cuando el silencio de
mi lápiz se presenta,
y regresan a mezclarse 
cuando toco el
papel (es imposible
no tocar el papel cuando escribes).
Ahora el té parece una lava roja
y espesa, pero fría y triste
porque nadie ha de tomarla,
ni por sorpresa;
y da pereza ir a botarla al
lavadero o por la
ventana,
sí que lo he hecho y lo he
disfrutado, no el té,
sino botar lo que no me apetece
por la ventana,
dejar al aire los recuerdos
que no extraña nadie,
como el primer día de clase
o como la vez que robé un par de
cervezas, o fueron seis. 

Mi taza de té es como 
un volcán lleno de lava fría,
quieta y aburrida,
burbujeando en su superficie.
Es todo lo contrario
a su analogía,
es triste y tranquila
como un recuerdo.

Entonces me paro y lo boto
en el lavadero, pero
en el último
instante de esa
materia viva,
antes de que el
líquido espeso tocara la superficie
dura, recordé:
yo tuve un grupo de tres.