domingo, 13 de diciembre de 2015

L'aupaire. Una explicación a los tics.

He comenzado a temblar, de pronto.

Primero mi cabeza, luego mi cuello, luego mis pies y mi estómago.

Giro mi cabeza y doblo mi cuello en diagonal para verter el líquido que le da equilibrio a mi  

cuerpo. Pero nada. Estoy doblado y tiemblo.

Me urge un poco de sensaciones nuevas. Sensaciones tibias. 

Enderezo mi cuerpo para ver qué pasa. Pero se mueve solo, de nuevo.

Veo la caja de relejantes musculares cerrarse. No alcanzo a tomar una porque no me

alcanza el tiempo. 

Mi espalda se dobla y mi cuello se endereza. Da pereza echarse a la cama y 

fingir que se puede dormir contento y despreocupado.

Hay alarmas en cada esquina de mi cuerpo. Alarmas con sonidos endiosados, otras no. 

Algunas noches todas suenan simultáneamente. Comienza con un sonido agudo y 

placentero,

luego incrementa y resuena por cada una de las cavidades, luego se unen a las demás 

alarmas y todas

crean un concierto en vivo. Como sea, mantienen mis ojos abiertos y secos.

Las alarmas no se han hecho para despertarnos, sino para mantenernos alertas de algo.

Y ese algo puede ser una maldición, porque puede estar siempre ahí. Observando lo que 

hacemos, lo que comemos, lo que pagamos en el banco.

Ese algo me hace temblar. Me reincorporo sobre la silla. Uno. Dos. Tres conejos. Suelto las 


manos. Sigo temblando. 

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