que eructa burbujas por sus
contornos,
tiembla cada vez que mi pierna
se mueve sin control,
las burbujas se mezclan
en grupos de tres hasta cinco,
es como ver de lejos mi primer
día de nido.
Todos esos niños corriendo
en busca de sus pares
y yo en una esquina temblando
moviendo mi pie tristemente
para ocultar el vacío en el
estómago que producen los
nervios, ahora sé porque
toda mi vida está
marcada por aquellos
nervios
desagradables.
Las burbujas se separan
cuando el silencio de
mi lápiz se presenta,
y regresan a mezclarse
cuando toco el
papel (es imposible
no tocar el papel cuando escribes).
Ahora el té parece una lava roja
y espesa, pero fría y triste
porque nadie ha de tomarla,
ni por sorpresa;
y da pereza ir a botarla al
lavadero o por la
ventana,
sí que lo he hecho y lo he
disfrutado, no el té,
sino botar lo que no me apetece
por la ventana,
dejar al aire los recuerdos
que no extraña nadie,
como el primer día de clase
o como la vez que robé un par de
cervezas, o fueron seis.
Mi taza de té es como
un volcán lleno de lava fría,
quieta y aburrida,
burbujeando en su superficie.
Es todo lo contrario
a su analogía,
es triste y tranquila
como un recuerdo.
Entonces me paro y lo boto
en el lavadero, pero
en el último
instante de esa
materia viva,
antes de que el
líquido espeso tocara la superficie
dura, recordé:
yo tuve un grupo de tres.
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